por Dan Caragea

 

Azay Art Magazine

 

 

Cuando comencé la serie de los comentarios sobre la pintura de Romeo Niram, quise subrayar, desde el principio, que su arte es, de un modo deliberado, un reto. Me refería al efecto sorprendente que Niram busca en el espectador, a la ruptura con las modas y con el abstraccionismo lánguido, al hibridismo de las composiciones, a la mezcla silenciosa de los estilos, a la temática cultural de sus ciclos.

 

Niram hace girar las composiciones alrededor de unas figuras emblemáticas, ya se trate de personajes célebres, o de anónimos. Por eso, él es, en primer lugar, un retratista. Adversario declarado del paisaje, Niram vuelve al retrato, que lo comprende como si fuera una medida suprema del talento de un artista.

 

Este vez, Romeo Niram se acerca a la así llamada pintura oficial, o de patio, a la confluencia entre la originalidad y academicismo. Niram parece incitado precisamente por la prohibición de traspasar fronteras. Por eso eligió, sorprendente para muchos, como tema de su cuadro, a los príncipes de Asturias, Don Felipe y Doñ Letizia.

 

Romeo Niram propone un cuadro en el cual se toma como maestros a Leonardo, Dalí y Brancus,i. Para prevenir al espectador, no se trata sòlo de una sencilla recepción de elementos, sino de un tratamiento que combina, como mostraremos, los estilos tan particulares de estos titanes del arte.

 

El príncipe Felipe, colocado en la izquierda del cuadro, es tratado con el realismo neutral debido a un heredero al trono. Vestido con el uniforme de comandante de las fuerzas armadas, que llevo puestas en su famosa boda, Don Felipe tiene una actitud digna, contenida.

 

El príncipe apoya su codo derecho en una columna de la Puerta del Beso, desprendida del capitel. Tiene una actitud discreta, de reposo confiado que resuelve el problema de la postura. Los colores son monárquicos: azul, blanco y oro.

 

En la derecha, Doña Letizia da la medida del talento de Niram, quedando inolvidable por la postura, rostro y vestimenta. El retrato de la princesa nos hace “regresar” al Renacimiento, a Leonardo. Letizia es la hermana de Gioconda, de una majestuosa belleza femenina. El fascinante vestido “prestado” de un dibujo de Da Vinci, està trabajado, al igual que la parte superior, en el estilo del Renacimiento. La ultima està inspirada más bien del retrato de Mona Lisa.

 

Las manos pintadas según un estudio de Leonardo, descansan en armonía sobre el vientre. El reposo de las palmas sugiere la maternidad bendecida. Si en la obra de Dalí, la Ley de la Gravedad es explícita, redundante y simbólica en su Madonna, Niram prefiere la promesa elocuente. Mirando el rostro de Doña Letizia, se puede observar cómo el artista hace que el pelo rime cromáticamente con el vestido.

 

No obstante, la figura, de una delicadeza extrema, se parece al estilo de Dalì (no era Dalí un declarado admirador del Renacimiento?). Niram ahuyenta màs la ambigüedad preferida por Leonardo, por un tratamiento de „madona humana”, tal como se encuentra en la obra de Dalí. A la derecha de la princesa, està colocado el pilar simétrico de Brancusi, con aquel círculo dividido, la esencia de la pareja platónica, de las miradas entrelazadas de los ojos de los enamorados.

 

En el fondo, dos rocas vigorosas, la de la derecha sugiere una palma abierta, tal como se puede ver también en Madona del Puerto Lligat, de Dalí, pero sin simetría. Es evidente que los bloques del altar católico fueron substituidos por elementos de la Puerta del Beso de Brancusi (los pilares y rincones superiores del capitel).

 

Niram extrae el abstracto de Dalí, porque el pedestal, retomado en él, aparece completamente vaciado de surrealismo, tal como Letizia no es la madona „eratica(” (Gala) del maestro catalán. El artista Romeo Niram cambia la piedad de la atmósfera católica por un templo del cariño universal y profundo.

 

Para apoyar convincente la transfiguración, Niram recurre de nuevo a la Puerta del Beso, como símbolo de la boda y que usa para enmarcar su obra. El marco està realizado por el artista Bogdan Ater, amigo y colaborador de Niram. La puerta se impone, no como un accesorio, sino como un monumento del amor, que une espacios y culturas diferentes.

 

En el momento en que vemos el marco comprendemos el sentido en que el clasicismo, el surrealismo y el abstraccionismo se unen por „encima de las modas y el tiempo”. Romeo Niram coge elementos de los tres grandes artistas, para crear un espejo mágico. Ésta es la libertad post-moderna que el artista tiene para imponer sus afinidades electivas.